Dibujos de Enrique Breccia
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jueves, 17 de marzo de 2011
El Romanticismo (Ficha de Cátedra)
El romanticismo fue un fenómeno generalizado de renovación literaria. Rechazó las codificaciones artísticas anteriores que habían establecido fuertes limitaciones a la espontaneidad poética. Su período de auge se ubica entre fines del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, esto es, alrededor de la Revolución Francesa. Este movimiento puede ser comprendido por su contraste con la Ilustración: donde ésta colocaba como núcleo de comprensión de la realidad a la razón, el romanticismo privilegia fenómenos ajenos a la racionalidad iluminista. Cobran importancia, así, la exploración de los aspectos considerados irracionales de la conducta humana, como la imaginación o las emociones. El romántico privilegiará la emoción sobre la razón, los sentidos sobre el intelecto, lo cual produce un viraje hacia la propia subjetividad. Al mismo tiempo, destaca la exaltación del yo y lo individual[1]; tiene preferencia por lo excepcional y original frente a lo convencional; celebra a la naturaleza, concebida y representada en sus aspectos más sublimes (mares agitados, cielos tormentosos, inmensas llanuras, escenarios monumentales, etc.).
Álvaro Abós
Señores y señoras [1]
-Señores y señoras: tengan ustedes la completa seguridad de que quien les habla no es ningún improvisado en el tema de la presente conferencia. Muy por el contrario, pueden ustedes confiar en que, dentro de su humildad. Tachar. Pueden ustedes estar seguros de que, modestia aparte, quien les habla conoce el tema. Y ese conocimiento no proviene de puras especulaciones teóricas o de saberes adquiridos en otro lado que no sea la pura experiencia. La experiencia, señores y señoras, es la verdadera madre del saber. El saber es hijo del estudio. El vicio es el padre es del ocio. Tachar todo desde experiencia. La experiencia, señores y señoras, y el trabajo constante y la aplicación y la responsabilidad es lo único que fundamenta el éxito de nuestro trabajo. Porque el nuestro, debo apresurarme a afirmarlo y lo haré con todo el énfasis que ustedes han de permitirme, es un trabajo delicado, más aún, delicadísimo. Lo nuestro, señores, tiene mucho de cirujano. Y lo digo por la finura, por la delicadeza, por el toque justo, por el movimiento perfectamente coordinado. La importancia de la tarea bien hecha. No todos lo ven así. Eso debemos reconocerlo. Muchos, desgraciadamente, están tirando abajo nuestro prestigio. Y eso es lamentable. Porque, señores, debo decirlo de una buena vez. Existe más de uno, sí señores, sí lo digo y lo repito. Tachar. No debo exaltarme ni alza la voz.
Ricardo Piglia
Echeverría y el lugar de la ficción[1]
El origen. Se podría decir que la historia de la narrativa argentina empieza dos veces: en El matadero y en la primera página del Facundo. Doble origen, digamos, doble comienzo para una misma historia. De hecho los dos textos narran lo mismo y nuestra literatura se abre con una escena básica, una escena de violencia contada dos veces. La anécdota con la que Sarmiento empieza el Facundo y el relato de Echeverría son dos versiones (una triunfal, otra paranoica) de una confrontación que ha sido narrada de distinto modo a lo largo de nuestra literatura. Porque en ese enfrentamiento se anudan significaciones diferentes que se centran, por supuesto, en la fórmula central acuñada por Sarmiento de la lucha entre la civilización y la barbarie. Borges
Poema conjetural
El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829
por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz1.php&wid=319&p=Jorge%20Luis%20Borges&t=Poema%20conjetural
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
Para escuchar el poema en la voz del propio Borges:
http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz1.php&wid=319&p=Jorge%20Luis%20Borges&t=Poema%20conjetural
José Mármol
Amalia
(...) Toda la alcoba estaba tapizada con papel aterciopelado, de fondo blanco, matizado con estambres dorados, que representaban caprichos de luz entre nubes ligeramente azuladas. Las dos ventanas que daban al patio de la casa estaban cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior, y otras de raso azul muy bajo, hacia los vidrios de la ventana, suspendidas sobre lazos de metal dorado, y atravesadas con cintas corredizas que las separaban, o las juntaban con rapidez. El piso estaba cubierto por un tapiz de Italia, cuyo tejido verde y blanco, era tan espeso que el pie parecía acolchonarse sobre algodones al pisar sobre él. Una cama francesa, de caoba labrada, de cuatro pies de ancho y dos de alto, se veía en la extremidad del aposento, en aquella parte que se comunicaba con el tocador, cubierta con una colcha de raso color jacinto, sobre cuya relumbrante seda caían los albos encajes de un riquísimo tapafundas de Cambray. Una pequeña corona de marfil, con sobrepuestos de nácar figurando hojas de jazmines, estaba suspendida del cielo raso por una delgadísima lanza de metal plateado, en línea perpendicular con la cama, y de la corona se desprendían las ondas de una colgadura de gasa de la India con bordaduras de hilo de plata, tan leve, tan vaporosa, que parecía una tenue neblina abrillantada por un rayo del sol.
Sarmiento
Civilización i Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. I aspecto físico, costumbres, y ábitos de la república arjentina.
ON NE TUE POINT LES IDÉES
Fortoul
A los ombres se degüella; a las ideas no.
A fines del año 1840, salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón estas palabras:
ON NE TUE POINT LES IDÉES
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, “¡y bien! -dijeron-, ¿qué significa esto?...”.
Significaba, simplemente, que venía a Chile, donde la libertad brillaba aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en Chile, saben si he cumplido aquella protesta.
Arturo Jauretche
De la madre que las parió a todas: ‘civilización y barbarie’[1]
Antes de ocuparme de la cría de las zonceras corresponde tratar de una que las ha generado a todas. Esta zoncera madre es Civilización y barbarie. Su padre fue Domingo Faustino Sarmiento, que la trae en las primeras páginas de Facundo, pero ya tenía vigencia antes del bautismo en que la reconoció como suya. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América.
La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho, el entenderlo como hecho anticultural, llevó al inevitable dilema: todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar.” (…)
Maristella Svampa
Civilización o Barbarie
La imagen “Civilización o Barbarie” constituye una metáfora más o menos recurrente del lenguaje político. Tanto la palabra “civilización” como “barbarie” han tenido diferentes significados. Maristella Svampa[1] señala que el término Civilización desde fines del siglo XVIII tiene, además de la idea de refinamiento de las costrumbres, dos sentidos:1- diacrónico: el concepto indica el “movimiento” (proceso) por el cual la humanidad había salido de la barbarie original por la vía del perfeccionamiento colectivo e ininterrumpido. Se trata de una postura progresista, puesto que vincula la civilización con el Progreso.
2- sincrónico: define un “estado” de civilización, esto es, un hecho actual, que se podía observar en ciertas sociedades europeas. Se trata de una postura reaccionaria, ya que tiende a la defensa de la civilización establecida.
Asimismo, la noción de Civilización implica la existencia de una Barbarie original[2].
Hilario Ascasubi
“La refalosa” (1843)
Amenaza de un mazorquero y degollador de los sitiadores de Montevideo dirigida al gaucho Jacinto Cielo, gacetero y soldado de la Legión Argentina, defensora de aquella plaza.
Mirá, gaucho salvajón,
que no pierdo la esperanza,
y no es chanza,
de hacerte probar qué cosa
es Tin Tin y Refalosa.
Ahora te diré cómo es:
escuchá y no te asustés;
que para ustedes es canto
más triste que viernes santo.
Unitario que agarramos
lo estiramos;
o paradito nomás,
por atrás,
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